La Cabaña del bosque

 

La niebla se aferraba al bosque como una segunda piel, espesa y fría, tragándose los árboles y distorsionando las sombras. Éramos cuatro amigas, decididas a pasar un fin de semana en una cabaña perdida en lo más profundo del bosque, una aventura que prometía ser inolvidable. La cabaña, abandonada desde hacía décadas, era el lugar perfecto para nuestras historias de fantasmas y risas nerviosas.

La primera noche, la tormenta rugió con furia. El viento aullaba, golpeando las ventanas y haciendo crujir la madera de la cabaña. Nos acurrucamos alrededor del fuego, contando historias de miedo para mantener a raya el creciente temor. Fue entonces cuando escuchamos el primer susurro. Un murmullo apenas audible, como si alguien estuviera hablando justo detrás de nosotros. Nos miramos, el miedo palpable en nuestros ojos. ¿Era el viento? ¿O algo más?

Al día siguiente, la niebla persistía, densa y opresiva. Decidimos explorar los alrededores de la cabaña. Encontramos un sendero cubierto de hojas, que conducía a un lugar abandonado: una antigua capilla en ruinas. Las ventanas rotas dejaban entrar la luz del sol, que bailaba sobre el polvo y las telarañas. El aire estaba cargado de una extraña energía, una sensación de tristeza y soledad.

Dentro de la capilla, descubrimos un altar destrozado y un libro polvoriento. Lo abrí con cautela, las páginas amarillentas y frágiles. Estaba escrito en una lengua desconocida, pero sentí una escalofriante sensación de familiaridad. Mientras leía, una sombra se movió en el rabillo del ojo. Me giré, pero no había nadie.

De vuelta en la cabaña, los susurros se intensificaron. Ahora podíamos distinguir palabras, fragmentos de frases que nos helaban la sangre. Nombres, lamentos, súplicas. Empezamos a sentirnos observadas, como si alguien estuviera siempre presente, acechando en las sombras. El miedo al desconocido se apoderó de nosotras.

Una noche, mientras dormíamos, sentí una mano fría en mi mejilla. Abrí los ojos y vi una figura borrosa, una silueta oscura que se inclinaba sobre mí. Grité, pero mi voz se ahogó en la garganta. La figura se desvaneció, dejando tras de sí una sensación de vacío y terror.

A partir de ese momento, la situación empeoró. Objetos se movían solos, las puertas se abrían y cerraban, y los pasos resonaban en el piso de arriba, aunque estábamos solas. Empezamos a discutir, a acusarnos mutuamente de estar locas. La amistad que nos unía se resquebrajaba bajo el peso del miedo.

Una de nosotras, Sara, comenzó a actuar de forma extraña. Hablaba sola, susurrando palabras que apenas podíamos entender. Sus ojos se volvieron vacíos, y su piel, pálida como la cera. Una noche, la encontramos en la capilla, arrodillada frente al altar, murmurando en la lengua desconocida del libro.

Intentamos sacarla de allí, pero se resistió, con una fuerza que no parecía suya. Nos atacó, arañándonos y mordiéndonos. Logramos escapar, dejando a Sara atrás, sola en la capilla. Regresamos a la cabaña, aterrorizadas y destrozadas. Sabíamos que no podíamos dejarla allí, pero el miedo nos paralizaba. Decidimos esperar a la mañana, con la esperanza de que la luz del sol ahuyentara a la entidad que nos atormentaba.

A la mañana siguiente, la niebla se había disipado, revelando un bosque tranquilo y silencioso. La cabaña estaba vacía. Sara había desaparecido. Nunca más volvimos a saber de ella. Aún hoy, cuando escucho el susurro del viento entre los árboles, siento el frío de la mano en mi mejilla y el miedo al desconocido que nos acechaba en lo más profundo del bosque. Y sé que, en algún lugar, Sara sigue en la capilla, esperando.

 

Marian

Viernes 16 Enero del 2026

 
 
 

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