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La
Escuela
La
escuela siempre fue un lugar extraño, pero nunca tanto como esa noche.
Mi amiga, Carla, y yo, éramos inseparables. Compartíamos todo, desde
secretos hasta el último pedazo de pizza. Y esa noche, compartimos algo
más: una leyenda urbana que nos heló la sangre.
Todo
comenzó con un rumor. Un rumor sobre un fantasma que rondaba los
pasillos de la escuela, una mujer vestida de blanco, con una sed
insaciable de sangre. Decían que aparecía en las noches de luna llena,
buscando nuevas víctimas. Nosotras, como buenas adolescentes, nos
reíamos de esas tonterías. Hasta que la curiosidad nos ganó.
La
luna llena brillaba esa noche, una esfera plateada que inundaba los
pasillos oscuros de la escuela. Carla y yo, armadas con linternas y el
corazón latiendo a mil por hora, nos adentramos en el edificio. El
silencio era sepulcral, roto solo por el crujido de nuestros zapatos y
el eco de nuestras respiraciones.
Recorrimos
los pasillos, las aulas vacías, la biblioteca polvorienta. Cada sombra,
cada sonido, nos hacía saltar del susto. La leyenda urbana cobraba vida
en cada rincón. Sentíamos la presencia, la mirada fría, el aliento
helado en la nuca.
De
repente, en el extremo del pasillo, la vimos. Una figura blanca,
etérea, flotando a unos centímetros del suelo. Era ella, la mujer de
blanco. Su rostro, cubierto por una larga cabellera oscura, era una
máscara de dolor y furia. Y sus ojos… sus ojos eran dos pozos de sangre.
El
miedo nos paralizó. No podíamos movernos, no podíamos gritar. La mujer
avanzó hacia nosotras, extendiendo sus manos, sus uñas afiladas como
cuchillos. El olor a sangre inundó el aire.
En
ese momento, Carla reaccionó. Me empujó hacia atrás y se interpuso
entre la mujer y yo. La mujer la agarró, la levantó en el aire y… la
sangre salpicó las paredes. Un grito desgarrador resonó en el pasillo,
seguido de un silencio absoluto.
Corrí,
corrí como nunca antes en mi vida. Salí de la escuela, sin mirar atrás,
con la imagen de Carla grabada a fuego en mi mente. La policía
investigó, pero no encontraron nada. Ni rastro de la mujer de blanco,
ni rastro de Carla.
Pasaron
los años. La escuela fue demolida, construyeron un centro comercial en
su lugar. Pero yo nunca olvidé. Cada noche de luna llena, la imagen de
mi amiga y la mujer de blanco volvía a mi mente.
Un
día, decidí entrar en el centro comercial, era bullicioso, lleno de
gente. Me senté en un banco, observando a la multitud. De repente, la
vi. Una mujer, vestida de blanco, con una larga cabellera oscura. Su
rostro era familiar, pero no podía identificarla.
Se
acercó a mí, sonriendo. Y entonces lo entendí. Era mi amiga. Pero no
era la Carla que yo conocía. Sus ojos eran dos pozos de sangre. Y en su
mano, un cuchillo.
Me
sonrió, y me dijo: "Ahora, tú serás mi amiga para siempre".
Marian
Miércoles
21 de enero del 2026
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