Lily

 

La lluvia golpeaba con furia la cabaña remota, un golpeteo constante que resonaba en mi cabeza. Era mi primer invierno sola, y la soledad, como la tormenta, parecía decidida a invadir cada rincón de mi ser. Había heredado la cabaña de mi abuela, un lugar que siempre había evitado, pero ahora, tras su muerte, me sentía inexplicablemente atraída por sus muros de madera y su silencio sepulcral.

La niña. Ese era el único recuerdo que mi abuela se negaba a compartir. Una niña que, según las historias del pueblo, habitaba la cabaña. Un espectro, un fantasma, una presencia que se manifestaba en susurros y sombras. Siempre me han gustado mucho estos temas, pero la verdad al verme ahí sola, en esta cabaña, sentí miedo.

 La primera noche, sentí un escalofrío helado que recorrió mi espalda. La temperatura bajó drásticamente, a pesar de la chimenea encendida. Luego, escuché un susurro, apenas audible, que parecía provenir de las paredes. "Mamá..." La voz era aguda, infantil, y me erizó la piel. Me quise convencer de que era mi imaginación, el producto de la soledad y el miedo.

 Pero los sucesos se intensificaron. Objetos que cambiaban de lugar, puertas que se abrían y cerraban solas, pasos ligeros que resonaban en el piso de madera. Una noche, encontré un dibujo en el espejo empañado del baño: una niña con ojos grandes y tristes, sosteniendo una muñeca rota. La firma, escrita con una caligrafía infantil, decía: "Lily".

 El miedo se apoderó de mí. Ya no podía negar la presencia de algo, de alguien, en la cabaña. Comencé a investigar, a buscar respuestas en los viejos diarios de mi abuela. Encontré fragmentos de una historia trágica. Lily, la hija de una pareja que había vivido en la cabaña hace muchos años, había muerto en circunstancias misteriosas. Su presencia estaba  por toda la casa, pero donde mas solía verla, era al atardecer sentada en un viejo columpio.

Se decía que se había ahogado en el lago cercano. La abuela, al parecer, había conocido a la niña, y la había querido como a una nieta más. La investigación me llevó a la tumba de Lily, en el cementerio del pueblo. La lápida, cubierta de musgo, mostraba una fecha de nacimiento y una de defunción, había fallecido muy joven. Sentí una profunda tristeza, una empatía inesperada por la niña. Comprendí que no era una entidad malvada, sino un alma en pena, atrapada en la cabaña, buscando a su madre.

Decidí comunicarme con ella. En una noche de tormenta, como la que me había traído hasta allí, me senté en el salón, rodeada de velas. Hablé en voz alta, contándole mi historia, mis miedos, mi soledad. Le pedí que se mostrara, que me diera una señal de su presencia. Entonces, la temperatura bajó aún más. Las velas comenzaron a parpadear y a extinguirse. Una sombra se materializó en la esquina de la habitación, tomando la forma de una niña.

 Era Lily, con su vestido blanco y sus ojos tristes. Se acercó a mí, extendiendo sus manos. No sentí miedo, sino compasión. Le hablé con dulzura, prometiéndole que la ayudaría a encontrar la paz. Le conté sobre su madre, sobre el dolor que había causado su muerte. Le dije que no estaba sola, que yo estaba allí para ella. Lily sonrió. Una sonrisa que iluminó la habitación. Luego, se desvaneció lentamente, como si la tormenta la estuviera arrastrando consigo. La temperatura volvió a la normalidad. Las velas se encendieron de nuevo.

 Desde esa noche, la presencia de Lily se ha vuelto menos intensa. A veces, escucho un susurro, veo una sombra fugaz. Pero ya no siento miedo. Sé que está en paz, que ha encontrado el descanso que tanto anhelaba. Y yo, en medio de la soledad, he encontrado una extraña compañía, un vínculo con el más allá que me ha enseñado a comprender el misterio de la vida y la muerte.

 La cabaña, ya no es un lugar de terror, sino un santuario de recuerdos y una promesa de eternidad.

 

Marian

Martes 17 de febrero del 2026

 

 
 
 

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