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La niebla era espesa,
una entidad palpable que
se aferraba en el
pueblecito del Puente de
Sanabria como una
segunda piel. Recuerdo
la última vez que vi a
Maite, dirigiéndose a su
coche, nos había
comentado que le habían
recomendado un
pueblecito en la comarca
de Sanabria, para hacer
un reportaje sobre mitos
y leyendas, ese día la
vimos alejarse. Y no
volvimos a saber de
ella. Ahora, dos semanas
después, estábamos de
vuelta, mi mejor amigo,
Javier, y yo, decididos
a encontrarla.
El puente de piedra, imponente y
silencioso, se erguía
sobre el río, parecía
respirar con la niebla.
Nos hospedamos en la
casa donde se hospedo
ella, una antigua
construcción de piedra y
pizarra. Las leyendas
locales hablaban de
espíritus atormentados y
sucesos inexplicables
cuando había niebla,
pero nosotros, jóvenes
adultos con una sed
insaciable de aventura,
no les prestábamos
atención. Éramos
escépticos, hasta que la
oscuridad comenzó a
susurrar.
Javier, siempre el más
valiente, lideraba la
expedición. Yo, por otro
lado, sentía un
escalofrío constante,
una sensación de
opresión que me
recordaba la noche en
que Maite desapareció.
La oscuridad, mi mayor
temor, se apoderaba de
cada rincón, tragándonos
lentamente. Antonio un
señor nos comentó que al
otro día de desaparecer
Maite sobre 12 de la
noche, vio entrar a una
muchacha que coincidía
con la descripción de
Maite, en la casa
abandonada.
Nos fuimos hacia la casa
y entramos. El aire era
denso, cargado de un
olor a humedad y a algo
más, algo que no podía
identificar, pero que me
erizaba la piel. La luz
del sol, que se filtraba
a través de las ventanas
rotas, apenas lograba
romper la oscuridad.
Cada sombra parecía
moverse, un
crujido de madera en el
suelo, cada sonido, el
aleteo de un pájaro se
amplificaba,
convirtiéndose en
amenazas.
"¿Maite?", gritó Javier,
su voz resonando en el
silencio sepulcral. No
hubo respuesta.
Maite, Maite, nada
solo el eco que repetía
su nombre.
Empezamos a explorar.
Las habitaciones estaban
cubiertas de polvo,
muebles rotos y objetos
abandonados. En una de
ellas, encontramos un
diario. Las páginas,
amarillentas y frágiles,
estaban llenas de una
letra temblorosa.
Relataba la historia de
una familia que había
vivido en la casa, una
familia marcada por la
tragedia y la locura. El
diario hablaba de una
presencia, una entidad
que se alimentaba del
miedo y la
desesperación.
La lectura del diario
intensificó la sensación
de opresión. La
oscuridad parecía
acercarse,
envolviéndonos, veíamos
la niebla densa a través
de la ventana que
rodeaba la casa empecé a
sentir que no estábamos
solos, que algo nos
observaba desde las sombras. De repente,
escuchamos un ruido. Un
golpe seco, proveniente
del piso superior.
Javier y yo nos miramos,
vimos el miedo reflejado en
nuestros ojos. Subimos
las escaleras, cada paso
resonando en el
silencio. La oscuridad
se hacía más densa, más
amenazante. Encontramos
la fuente del ruido: una
puerta entreabierta.
Javier la empujó y
entramos en una
habitación. La
habitación estaba vacía,
excepto por una mecedora
que se balanceaba
suavemente. La sensación
de ser observados se
intensificó.
De pronto, la puerta se
cerró de golpe,
atrapándonos en la
oscuridad. Grité, presa
del pánico. Javier
intentó abrir la puerta,
pero era inútil. La
oscuridad nos envolvía,
ahogándonos. Entonces,
escuché una voz. Una voz
susurrante, que provenía
de la oscuridad. Me
llamaba por mi nombre.
Me prometía respuestas,
me ofrecía consuelo.
Pero sabía que era una
trampa. Era la entidad,
alimentándose de mi
miedo.
"¡Cállate!", grité,
intentando ahogar la
voz.
La voz se río, una risa
fría y hueca que resonó
en la habitación. La
oscuridad se hizo más
intensa, más opresiva.
Sentí que algo me
tocaba, una mano fría y
húmeda que se aferraba a
mi brazo. Intenté
gritar, pero no pude. El
miedo me paralizó. De
repente, Javier gritó.
Un grito desgarrador que
se apagó abruptamente.
La oscuridad se tragó su
voz.
"¡Javier!", grité,
intentando encontrarlo.
La voz susurró de nuevo,
esta vez más cerca.
"Ahora es su turno".
La oscuridad se apoderó
de mí. Sentí un dolor
punzante en el pecho,
como si algo me
estuviera desgarrando
por dentro. La oscuridad
se hizo más densa, más
profunda, la niebla se
iba metiendo más y más
en la casa. Y luego,
nada. Desperté en el
puente de piedra. La
niebla seguía allí,
espesa y fría. El sol
comenzaba a asomarse,
tiñendo el cielo de un
color rojizo. Estaba
sola. Tenía una
sensación de vacío, de
pérdida. Miré a mi
alrededor. No había
rastro de Javier. Ni de
Maite. La niebla se disipó
lentamente, revelando el
puente y el río. Y
entonces, los vi. Dos
sombras en la distancia,
dos figuras difuminadas
por la luz del sol. Eran
Maite y Javier.
Corrí hacia ellos,
gritando sus nombres.
Pero cuando llegué, las
figuras habían
desaparecido. Solo
quedaba la niebla, la
puerta de la casa
abierta y la
sensación de que algo, o
alguien, seguía
observándome desde las
sombras. La casa
embrujada, silenciosa y
oscura, esperaba. Y yo,
atrapada en un ciclo de
miedo y desesperación,
sabía que la oscuridad
siempre regresaría. Han
pasado tres años desde
ese día, y no he vuelto
a buscarlos. Sé que se
han perdido para
siempre, aunque los
llevo grabados a fuego
en mi corazón. A veces,
es como si escuchara
susurros en mi cabeza,
débiles ecos de sus
voces, pero sé que Maite
y Javier ya no volverán.
La
oscuridad me llama, me
atrae hacia ella. Sé que
tarde o temprano,
volveré a visitar ese
pueblecito. Y sé que
esta vez, no saldré con
vida. La oscuridad me
espera. Maite y Javier
me esperan. Y yo, en el
fondo, sé que debo
reunirme con ellos.
La gente del pueblo es
reacia a hablar, pero lo
poco que pude averiguar
es que, en esa casa
abandonada, hace más de
cien años, la dueña se
suicidó. Desde entonces,
en las noches de niebla,
han ocurrido
desapariciones.
Siempre fui creyente.
Historias de fantasmas,
leyendas urbanas… Todas
estas cosas me
apasionan Pero la
desaparición de mis
amigos…Eso no tiene
explicación lógica.
Éramos inseparables, un
trío de aventureros
urbanos, siempre
buscando emociones
fuertes. Otro de
nuestros objetivo fue la
casa de los suicidios,
como la llamaban, en una
aldea gallega.
Recuerdo la noche como
si fuera ayer. Una
fuerte tormenta envolvía
el pueblo, haciéndolo
parecer un escenario
sacado de una película
de terror. La casa se
alzaba imponente contra
el cielo nocturno, una
silueta oscura y
amenazante. La madera
crujía bajo nuestros
pies mientras nos
adentrábamos en su
interior, el olor a
humedad y polvo
impregnaba el aire.….
Pero, bueno esta es otra
historia, que podéis
leer
aquí
Marian
Martes 14 de Octubre del 2025
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